domingo, 27 de diciembre de 2009

Esa vieja costumbre de sentir


Mario Benedetti escribio este texro en 1992 .


Hoy lo vuelvo a leer y lo siento mas actual que nunca.










Esa vieja costumbre de sentir



En las viejas décadas de este siglo revuelto han ocurrido relevantes hallazgos, mutaciones, rupturas, vaivenes. Cualquier interesado en el tema podría hacer la lista; yo también, pero no quiero cansar al lector con una nómina de señales que la prensa exhibe diariamente en sus titulares. Sin embargo, se han producido otras alteraciones, menos espectaculares, ya no entre poder y poder, o entre invasor e invadido, sino entre prójimo y prójimo. Como extraña derivación de tales reajustes, los sentimientos están pasando a la clandestinidad. La violencia como abrumadora propuesta de los medios audiovisuales; la desaforada obsesión del consumismo y la inescrupulosa persecución del sacrosanto status; el fundamentalismo del confort; la plaga universal de la corrupción; la represión ilegal, y la otra, la autorizada; la antigua brecha, hoy convertida en profundo abismo, entre acaudalados y menesterosos; todo ello conforma un azote colectivo que castiga las emociones, cuando no las expulsa, las exilia. Acorralados y escarnecidos, los sentimientos pasan a la clandestinidad. A veces hay que esconderse para ejercer o recibir la solidaridad.




Por otra parte, el virus antisentimental se ha transmitido a las artes y las letras. En más de un país pueden detectarse posturas de cierta crítica que no soporta la aparición o exteriorización del sentimiento. Poseedores de un recién incorporado scanner llamado Kundera, lo deslizan por los altozanos y planicies de cada nuevo libro o nueva canción o nuevo drama, y cuando tropiezan con algún sentimiento rezagado o que aún no ha pasado a la clandestinidad, se atropellan y no dan abasto para etiquetarlo como kitsch, palabra importada del alemán que significa cursi, vulgar, chabacano, de mal gusto, y otras linduras. A veces uno tiene la impresión de que algunos reseñadores culturales sólo están preparados para buscar y detectar lo kitsch (les parece demasiado vulgar decir vulgar).
No es que no estén capacitados para sentir, pero quizá se lo oculten a sí mismos para no morirse de vergüenza. Curiosamente, estos fanáticos de Bukowski, sus borracheras, sus eructos en televisión y su sexo explícito, suelen ignorar olímpicamente a Henry Miller, quien también se emborrachaba y fornicaba explícitamente, pero lograba meter todo eso en un clima de poesía, casi de misticismo, y así elevaba su realismo sucio avant- la-lettre a la categoría de arte universal.





En este hoy agobiante, la agresión al sentimiento comienza desde la infancia. Hace sesenta o setenta años, y antes aún, los niños leían a Verne, a Salgari, los más precoces a Dumas, pero también se entusiasmaban con un libro mucho más ingenuo, Core (Corazón), del italiano Edmondo de Amicis (1846-1908), a quien Benedetto Croce calificó de “non artista puro, ma scrittore moralista”. Es posible que ahora, resecos por mezquindades y laceraciones varias, juzguemos aquella obra como sensiblera, pero lo cierto es que en las infancias de varias generaciones cumplió una función no despreciable: enseñó a sentir. Aun considerando las blanduras y compunciones de “Il piccolo scrivano fiorentino”, “Sangue romagnolo” o “Dagli Appennini alle Ande” y otros relatos de Cuore, ¿no constituía aquel libro una “educación sentimental” menos desalmada que los monstruos extraterrestres, los pistoleros galácticos o las ametralladoras de rayos cósmicos, que hoy pueblan las jugueterías, los árboles navideños y las pesadillas infantiles?


La vieja historia, cuyo fin es enunciado con tanta soberbia por un reputado nipoyanqui, ¿quedará paralizada en este cruce de violencias? Mientras los politólogos intentan responder a esa interrogante, el sentimiento auténtico es desalojado por lo frívolo programado. Aunque los mass media y ciertas tiernas élites intelectuales que no se arriesgan a salir de su ghetto, incluyan el sentimiento en sus “listas negras”, el ser humano tuvo y sigue teniendo necesidad de sentir. Lo malo es que si la televisión sólo le brinda un simulacro de sentimientos, él (o más a menudo ella) igualmente se aferran a la pobre imitación. Tal vez fuera útil indagar, sin ánimo encuestador pero sí reflexivo, a qué se debe el actual éxito, en todo el orbe, de las telenovelas o culebrones. ¿No será que la gente se está aburriendo de guerras interplanetarias y trasplantes de cerebros asesinos, y aspira a que las imágenes y las peripecias de la pantallita familiar de algún modo apelen a sus sensaciones presentes y no a los improbables fulgores del siglo XXII? Ya que le son birladas las emociones de buena ley, el público se atiende a remedios mediocres, a efusiones de pacotilla.


Si el espectador antes se había conmovido, por ejemplo, con seriales españolas de excelente factura, como Fortunata y Jacinta o Los gozos y las sombras, ahora su vieja necesidad de sentir lo arrastra a hipnotizarse con Dallas, sin duda una bazofia, pero de técnica impecable.
Es obvio que en los seriales norteamericanas los pobres no existen.
Los pobres no sólo son indeseables en la realidad y en los presupuestos del Estado; lo son asimismo en la televisión. Aunque lo formulen desde una visión clasista, los británicos (verbigracia, Los de arriba y los de abajo) al menos no los ignoran totalmente. Entre los latinoamericanos, Brasil (que es el de mejor nivel profesional), hace sus equilibrios. Los mejores en este rubro quizá sean los australianos, que están produciendo seriales de indudable calidad artística y honesta proyección social. En cambio, en sus equivalentes norteamericanos (Dallas, Dinastía, Falcón Crest, etcétera), las pasiones, los crímenes, las escenas de cama, las gestas de la hipocresía, ocurren por lo general entre acaudaladas familias que generan su peculiar y suntuosa ley de la selva. La verdad es que, cuando las recibimos en el Tercer Mundo, resultan historias para ser contempladas desde lejos, nunca desde un palco proscenio sino desde el gallinero, puesto que tales dramas no nos involucran. Se trata de chismes y puteríos, pero de un remoto Walhalla. Aun así, puede ser francamente divertido presenciar cómo héroes y semihéroes, diosas y vicediosas, se traicionan y abofetean, se despanzurran o se inmolan, sin que, por otra parte, nada de ello signifique el final de la trama. ¿Acaso no aparecen, tras el boato de cada funeral, los cuantiosos legados, con sus cruentas batallas anexas, gracias a las cuales pueden prolongarse la expectativa y los consiguientes dividendos mundiales?




Ya no en la televisión sino en la vida monda y lironda, las hecatombes varias de estos años de delirio han generado nuevos prejuicios, xenofobias, discriminaciones, condenas. Haber luchado alguna vez (cercana o remota, poco importa) por la justicia y la distribución decente de la riqueza puede ser hoy una mancha en el currículo del más pintado.
Lo cierto es que los sentimientos son incómodos: no caben en la computadora, no pagan impuestos, no convocan multitudes y ya ni siquiera hacen goles. Por otro lado, la televisión enseña a sus mirones a aburrirse de los indigentes y a entretenerse con los espléndidos. Es claro que también los pobres se aburren de su pobreza. Un anónimo humorista uruguayo pergeñó hace poco un chiste tan macabro como verosímil: “El Uruguay no es un país subdesarrollado, sino en vías de subdesarrollo”. No obstante, antes de hundirse en ese subdesarrollo y en la insensibilidad programada desde el poder, la gente busca afanosamente volver a sentir. El sentimiento es una vieja costumbre y, en el fondo, el hombre y la mujer corrientes no se resignan a perderla.

Para el publicitario y congelante posmodernismo el sentimiento no cuenta; es apenas un insignificante rescoldo de romanticismo.

Es claro que para el posmodernismo son tantas las cosas que no cuentan, que el sentimiento es tan sólo un inmolado más. No obstante, en los países “en vías de desarrollo”, donde el fabuloso consumismo de los sectores privilegiados puede llegar a ser una insultante exhibición para aquellos hombres y mujeres que ni siquiera tienen seguros el techo o la comida, el sentimiento se aún un refugio, una cantera.

En un mundo donde, al decir del cardenal Roger Etchegaray, “el capitalismo se siente debilitado por su propia victoria y busca una ética como nunca lo ha hecho”, el sentimiento podría ir saliendo de sus catacumbas, ya que al capitalismo, por más esfuerzos que haga, le va a ser muy difícil encontrar una ética que nunca tuvo. En el pasado (después de Cristo, pero antes de Kundera) el sentimiento representó una fuerza vital, un sostén y un resguardo de la ética. Quizá hoy el sentimiento sólo pueda movilizarse a golpes de utopía. No estaría mal, después de todo. Las utopías, realizadas o no, pero siempre generosas y abiertas, han funcionado muchas veces como sistemas de circulación del sentimiento, y es obvio que el mundo en crisis necesita esa savia.


6 comentarios:

  1. Tiene tanta razón...lamentablemente...hay una persona anónima que frecuentemente me escribe al blog y me ofende por lo que yo escribo, por la poesía, tratándome como cursi e ilusa...yo no escribo para que me digan ¡qué bonito! sino porque lo que tengo dentro aprieta tanto que debo hacerlo salir y tal vez le pueda servir a otro...pero Benedetti tiene razón, uno debe esconderse o casi sentir vergüenza por el sentimiento ¿por qué? Incluso en las relaciones de pareja a mi edad (37) se tiende a ocultar lo que se siente, uno dice "te quiero", pero nunca "te amo" aunque lo sienta, eso parecería demasiado comprometedor y cursi ¿Por qué y cómo puede ser cursi el amor? Hace falta más sentimiento en este mundo y también más misticismo, más magia, menos explicaciones y más vivencias, más arrojo y garra. Cierto es lo que escribe sobre el capitalismo que busca una ética, fíjate como lo está logrando en Chile que el máximo representante del capitalismo está a punto de ser Presidente ¿Por qué extrañarnos? Si los medios de comunicación han mal educado a la gente y le han enseñado que lo banal, los reálitis, desnudos y los delincuenciarios (que así se les dice a los noticieros) son la realidad...del sentimiento ¡ni hablar! Razón tiene Benedetti cuando dice que hay algunos que prefieren ocultar su pasado de buscadores de la justicia, en Chile mejor no decir que luchaste por los derechos humanos, eso mejor sacarlo del currículum.

    Gracias por este escrito no lo había leído...cuando murió Benedetti una parte de mi vida se fue también.

    Un enorme abrazo

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  2. Es un gran Benedetti el que nos muestras hoy. Tan humano y tan fresco que creí que lo habías escrito tu, por la actulidad que refleja.
    Después me di cuenta de que es él.
    Precisamente porque nos ha hecho y nos sigue haciendo sentir es por lo que es tan leído.
    El sentimiento nunca desaparecerá.
    Los desaprensivos tampoco.
    Desgraciadamente.

    Feliz año amigo.

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  3. creo que es mentira que Mario se murió.


    besos.

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  4. Hola Luis!
    Inolvidable y único Benedetti...sus palabras no pierden actualidad.
    Leyendo el primer comentario de Paolav...no hay que tener vergüenza de sentir, no son cursis las poesías...creo en el amor verdadero y eterno...tal vez, porque todavia no lo encontré...o se me escapó...
    No escondamos los sentimientos, hagamos circular el amor.
    Un beso!

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  5. Que buena nota y que actual. Hoy no tenemos Dallas, pero tenemos bailando por un sueño que igual a lo anterior idiotiza y vulgariza al televidente.
    También es cierto que ser sentimental o sensible, hoy día parece ser mala palabra.
    elicitaciones.

    mariarosa

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  6. Siempre sin desperdicio Benedetti....!!!
    Un verdadero grande...!!!

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Los pájaros cantaron
al hacerse de día.
“Empieza de nuevo”,
oí que decían.
No pierdas el tiempo
Pensando en lo que ya pasó
o en lo que aún no ha pasado.

Suenan las campanas que todavía puedan sonar.
Olvida tu ofrenda perfecta.
en toda cosa hay una grieta,
es por ahí donde entra la luz.

LEONARD COHEN