miércoles, 29 de diciembre de 2010

Danza general





La Danza General

“Lo que es serio para los hombres a menudo no tiene importancia a los ojos de Dios. Lo que en Dios puede parecernos un juego es quizás lo que El toma más seriamente. Dios juega en el jardín de la creación, y, si dejamos de lado nuestras obsesiones sobre lo que consideramos el significado de todo, podemos escuchar el llamado de Dios y seguirlo en su misteriosa Danza Cósmica. No tenemos que ir muy lejos para escuchar los ecos de esa danza

Cuando estamos solos en una noche estrellada; cuando por casualidad vemos que los pájaros que emigran en otoño descienden sobre un bosque de enebros para descansar y comer; cuando vemos a los niños en el momento en que son realmente niños; cuando conocemos el amor en nuestros corazones; o cuando, como el poeta japonés Basho, oímos que una vieja rana se zambulle en un estanque tranquilo, en tales ocasiones la inversión de todos los valores, la "novedad", el vacío y la pureza de visión que se hacen evidentes, nos dan una vislumbre de la danza cósmica.

Pues el mundo y el tiempo son la danza del Señor en el vacío. El silencio de las esferas es la música de un festín de bodas . Cuanto más persistimos en entender mal los fenómenos de la vida, cuanto más les consignamos extrañas finalidades y complejos fines humanos, más nos enredamos en tristeza, absurdo y desesperación. Pero eso no importa mucho, porque nuestra desesperación no puede alterar la realidad de las cosas, ni manchar la alegría de la danza cósmica que está siempre allí. En realidad, estamos en el centro de ella y la danza está en medio de nosotros, pues palpita en nuestras venas, queramos o no.

Sin embargo, queda el hecho de que estamos invitados a olvidarnos de nosotros mismos, a arrojar a los vientos nuestra horrible solemnidad y a unirnos a la danza general"

Thomas Merton



martes, 28 de diciembre de 2010

Estúpida mentira





"El arte es una mentira que nos revela la verdad" Pablo Picasso



Éramos chicos.

Las verdades eran tan banales

insípidas y previsibles

que comenzamos a mentir

para sobrevivir a tanto aburrimiento

No sabíamos que en realidad de eso

se trata la cuestión del arte:

de mentir con elegancia

de mentir con furia

como escupiendo la verdad,

de mentiras húmedas

de mentir a secas.


Luego al crecer

buscamos mil y una formas

de abrazar a la belleza

y en ese viaje sin brújula

nos acostumbramos a mentir

por amor a la verdad.

el dolor nos besaba la frente

y nosotros respondíamos

con dulces mentiras

que llamábamos poesías.

Siempre mantuvimos la lucidez

de saber que la verdad

es una estupida mentira.


(Dedicado a la memoria de Gustavo Pena ,el Príncipe) (1955-2004)


La calidad fílmica de este video no es de lo mejor , pero el valor artístico de la música del príncipe, amerita una escucha atenta y dejarse asombrar por esta canción.





Tuve la bendición de ser amigo desde la infancia y adolescencia de unos de los mejores músicos que dio el Uruguay en las últimas décadas. Gustavo Pena el “Principe” fue un ser excepcional, una clase de artista en extinción: un artista que hizo de su vida una obra de arte.

Recuerdo cuando me mostró esta canción en al apartamento de la calle Chana, dedicada a su hija Eli-u (en aquel entonces una pequeñita).

El príncipe era para mi un amigo pero también un maestro del cual uno aprendía por contagio. Nunca olvidare cuando estuvimos tocando música DOCE horas seguidas de las siete de la tarde a las siete de la mañana del día siguiente.

Cuando Ruben Rada , fanático del Principe se entera de su muerte dice con dolor: “Siempre pasa lo mismo en Uruguay” “¿De qué le sirve a Gustavo que se hable de su música ahora que está muerto? Hacerlo ahora es tan injusto como estéril.”

Hoy es considerado por muchos jóvenes músicos argentinos y uruguayos un artista de culto, adorado e idolatrado,pero para mí sigue siendo el amigo que me invitaba a vivir “imaginando buenas”.

Aquí le dejo otra canción. Es magia pura : Ángel de la ciudad


domingo, 26 de diciembre de 2010

¿Qué decimos al desearnos felicidad?







Va a ser una de las palabras que más diremos y que más escucharemos en los próximos días. Acaso encarna la mayor aspiración humana. Felicidad. Felices fiestas. Feliz Año Nuevo. Felicidades. En esta época del año la palabra se cuela en cada frase. ¿Qué deseamos, qué nos desean cuando la invocamos? ¿Qué es la felicidad, en definitiva? En el origen de la palabra, encontraremos el término griego eudalmonía que, aproximadamente, significa “ser bendecido por un buen hado”. Según Aristóteles, se trata del bien supremo al que aspiran todas las acciones humanas.
Y, sin embargo, ¿qué es la felicidad para cada uno de nosotros en particular? Probablemente no habrá dos respuestas similares, porque no existen dos personas iguales. ¿Cómo alcanzar, entonces, la felicidad? ¿Cómo llegar a ella? Creo que cuando nos planteamos estas preguntas, las respuestas se nos escapan como arena entre los dedos. Porque, en mi opinión, la felicidad no es algo que se alcanza ni un lugar al que se llega.



El escritor alemán Herman Hesse (autor de Siddartha y El lobo estepario) decía que “es un cómo y no un qué, no es un objeto”. De acuerdo con esto, podríamos ver a la felicidad como una forma de viajar, no como un destino.

¿De qué esta hecho ese viaje? De nuestras acciones diarias, de nuestros vínculos, de nuestras actitudes. Creo que antes que buscar la felicidad, hay una prioridad.

Se trata de encontrar un sentido a nuestra vida personal, singular, única. Un sentido trascendente. Trascender es ir más allá de uno mismo, alcanzar a otro, a otros, a través de lazos de amor, de empatía, de colaboración, de fecundidad, de comprensión, de aceptación. Eso nos hace humanos, esa es la gran diferencia entre nosotros y otras especies.


Trascendemos, entendiéndolo de este modo, en la relación amorosa nuestros hijos, con los seres que amamos, con la apertura hacia aquellos con quienes nos vinculamos de diversas maneras, en una obra de arte, en el modo de encarar nuestro trabajo, en la forma en que nos integramos en los círculos y en la comunidad que integramos, en el alimento que elaboramos y ofrecemos, en las palabras conque nos acercamos al semejante. No hay recetas. Cada ser es único y encontrará un modo único de ir más allá de sí para trascender en los otros. Cuando entendemos en qué consiste la trascendencia (no se trata, queda dicho de hacer grandes obras, de convertirse en prócer, de alcanzar celebridad), todos los actos y gestos de nuestra vida, aún los más pequeños, tienen sentido.



Con el sentido se hará presente la felicidad. No será el resultado de una búsqueda, sino la consecuencia de un modo de vivir y de vincularse. La búsqueda obsesiva de la felicidad suele llevar a penosos malos entendidos. Así confundimos satisfacción con felicidad. La satisfacción es epidérmica, no trasciende.



Tampoco el placer entendido como fin es felicidad. Cuando buscamos la felicidad como un cazador que persigue una presa, solemos volver con las manos vacías. Tampoco se trata de una meseta en la que nos instalaremos para siempre.




Estas confusiones nos hacen creer que la felicidad anida en un auto, un viaje, una silueta perfecta, una abultada cuenta bancaria, una operación que promete hacernos más jóvenes, una casa imponente, el artefacto de última generación, en una relación o en una persona. El maestro espiritual indio Krishnamurti decía: “Cuando buscamos la felicidad por medio de algo, ese algo se vuelve más importante que la felicidad misma. Cuando la felicidad es buscada a través de un medio, ese medio destruye el fin”.



En esos casos sobreviene una angustia, un vacío inexplicable. ¿Si lo tengo todo por qué no soy feliz? Porque la felicidad no anida en el tener. Es una sensación, es la consecuencia de una actitud ante la vida, no se puede capturar como una mariposa de colección. Es el resultado de nuestros actos, somos responsables de ella. Sería hermoso que al desearnos felicidad, en estos próximos días, nos estemos deseando una vida trascendente, una vida ligada al semejante, una vida con sentido.

Sergio Sinay


FELICIDADES!!!







martes, 21 de diciembre de 2010

Cuento de navidad

Qué mejor combinación que Harvey Keitel y William Hurt en pantalla, la música de Tom Waits (You’re innocent when you dream) y la prosa de Paul Auster para cerrar, con este cuento de Navidad de Augie Wren, esa gran película de Wayne Wang llamada Smoke .
Feliz navidad a todos , incluso para los pobres corazones solitarios que no creen en los cuentos (ni siquiera en los cuentos de Navidad). Pero, como apunta Waits, al menos cuando soñamos somos inocentes.




El cuento de navidad de Auggie Wren
Paul Auster

Esto fue hace más de dos mil fotografías.
Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos.
Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.

A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad.
Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría.
En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico.
¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté.
¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?

Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad.
Las propias palabras "cuento de Navidad" tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza.

Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así.
Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental?
Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja.
Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.


No conseguía nada.
El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza.
Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre.
Me preguntó cómo estaba.
Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.



- ¿Un cuento de Navidad? - dijo él cuando yo hube terminado.
¿Sólo es eso?
Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca.
Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.

Fuimos a Jack's, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes.
Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.

- Fue en el verano del setenta y dos - dijo.
Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda.
Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético.
Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable.
Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi.
Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar.
Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic.
Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié.
Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.

Resultó que era su cartera.
No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías.
Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara.
Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena.
No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él.
Robert Goodwin. Así se llamaba.
Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela.
En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara.
No tuve valor.
Me figuré que probablemente era drogadicto.
Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?

Así que me quedé con la cartera.
De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto.
Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer.
Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes.
Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina.
Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.

La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas.
Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio.
Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio.
Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre.
No pasa nada.
Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme.
Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies.
Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.

- ¿Eres tú, Robert? - dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.

Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.

- Sabía que vendrías, Robert - dice -.
Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.

Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.

Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes?
Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.

- Está bien, abuela Ethel - dij e-.
He vuelto para verte el día de Navidad.


No me preguntes por qué lo hice.
No tengo ni idea.
Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé.
Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.

No llegué a decirle que era su nieto.
No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía.
Sin embargo, no estaba intentando engañarla.
Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas.
Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert.
Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto.
Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.

Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos.
Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa?
Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía.
Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.

- Eso es estupendo, Robert - decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo.
Siempre supe que las cosas te saldrían bien.


Al cabo de un rato, empecé a tener hambre.
No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas.
Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas.
Ethel tenía un par de botellas de vino

guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente.


Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas.
Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo.
Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro.
Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.

Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras.
De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad.
Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente.
Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí.
Así de sencillo.
Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.

No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca.
Demasiado Chianti, supongo.
Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé.
No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme.
Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui.
Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento.
Y ése es el final de la historia.

- ¿Volviste alguna vez? - le pregunté.

- Una sola - contestó.
Unos tres o cuatro meses después.
Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún.
Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí.
No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.

- Probablemente había muerto.

- Sí, probablemente.

- Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.

- Supongo que sí.
Nunca se me había ocurrido pensarlo.

- Fue una buena obra, Auggie.
Hiciste algo muy bonito por ella.

- Le mentí y luego le robé.
No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.

- La hiciste feliz.
Y además la cámara era robada.
No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.

- Todo por el arte, ¿eh, Paul?

- Yo no diría eso.
Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.

- Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?

- Sí - dije -.
Supongo que sí.

Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara.
Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia.
Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría.
Me había embaucado, y eso era lo único que importaba.
Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.

- Eres un as, Auggie - dije -.
Gracias por ayudarme.

- Siempre que quieras - contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos.
Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?

- Supongo que estoy en deuda contigo.

- No, no.
Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.

- Excepto el almuerzo.

- Eso es.
Excepto el almuerzo.

Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camareroy pedi la cuenta.



domingo, 19 de diciembre de 2010

Tomarse tiempo





Llega fin de año y con mis alumnos hacemos una evaluación de lo que hicimos y sentimos durante el año. Un alumno me dice algo que realmente me conmueve, según sus palabras me comenta que le gusta que yo, su educador, me tomo tiempo para detenerme a escuchar y ver a la persona que tengo adelante. Le agradezco sus palabras con un abrazo y recuerdo la escena de la película Smoke donde un personaje aconseja a un escritor diciéndole: —Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.

SMOKE

Hay escenas de películas que son poesía pura, mucho mas si el libreto es de Paul Auster y el actor es Keitel. Esta escena, nos recuerda la importancia de tomarse tiempo para recuperar “el arte de ver” lo hermoso y trascendente en lo cotidiano y descubrir conectar lo mas profundo de nuestro sentir.

La belleza esta ahí, latiendo, solo el ojo despierto y el corazón abierto pueden percibirlo.

Les dejo aquí la escena de la película “Smoke” y la primera parte del cuento de Paul Auster (la segunda parte viene en un próximo post)


El cuento de navidad de Auggie Wren
Paul Auster


Tomado de Smoke & Blue in the face


Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años.
Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo.
Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren.
Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.

Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío.
Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros.
Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida.
A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista.
Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada.
A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso.
Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías.
Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.

Dios sabe qué esperaba yo.
Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente.
En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos.



Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla.
Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista.
El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías.



Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.

Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar.
Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca.
Todas las fotografías eran iguales.



Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes.
No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación.
Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:

- Vas demasiado deprisa.
Nunca lo entenderás si no vas más despacio.

Tenía razón, por supuesto.
Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada.
Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente.
Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones.
Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos).
Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.

Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos.
Cogí otro álbum.
Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio.
Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí.
Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto.
Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.

- Mañana y mañana y mañana - murmuró entre dientes -, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.

Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.





PD:en el minuto 4:18 aparece de manera insólita un nuevo fotograma, esto tiene una explicación y es la siguiente:La persona que subió este vídeo en youtube puntualiza : Extracto de la pelicula Smoke, de guión de Paul Auster. Editada y añadida una foto mía realizada en la misma esquina donde se hicieron todas las fotos de la película. Cuando ví esta pelicula, hace ya tiempo, siempre supe que algún día yo sería parte de esa película. Las pasadas navidades estuve en NY, me pasé por brooklyn, busqué la esquina (que no es la dirección que dice en la película). La encontré gracias a internet y la ayuda impagable de mi amigo Santi y 9 meses después, como un hijo, por fín la he parido.



viernes, 17 de diciembre de 2010

Un nuevo nacimiento

Laura Caro en su blog Poemas desanclados publica un excelente poema donde dice de estos tiempos navideños:


Tu ojos llevan la mirada desolada
que ansía los despojos de una fiesta.
¡ La calle está tan llena !
¡Están tan embobados consumiendo
la navidad- mentira, la reinventada,
la navidad fraudulenta, la explotada...!
La Navidad que buscas
ya no existe,
te la roban día a día los ojos
de hielo sucio que no te ven.





Ante la verdad de estos versos, me atrevo a escribirle en comentarios, lo siguiente: Navidad, natividad, nacer de nuevo, nacer en vida una vez más...

Hay quienes optar por morir consumiendo (se) día a día.
Ya lo dijo Bob Dylan: El que no está ocupado naciendo todos los días está ocupado muriendo.

Que esta navidad nos encuentre haciéndole zancadillas a la muerte y alejados de tanta estupidez, brindando por un nuevo nacimiento.

Besos.(Incal)

Es con este espíritu, que este blog, más allá de creencias o no de dogmas religiosos, en estos días quiere hablar de una navidad “interna”,la navidad que nos lleva al encuentro con nuestra propia capacidad de nacer en vida.

Dejemos que sea Erich Fromm, el que mejor lo exprese diciendo:

“Existe otro modo de expresar la condición de ser autentico. Me refiero a la voluntad de nacer todos los días. El nacimiento no es un proceso que ocurre únicamente cuando el niño deja atrás la existencia fetal y comienza a respirarpor sus propios medios.Este acontecimiento no es tan decisivo como parece en un sentido biológico

Aunque el niño recién nacido respira por sí mismo, es tan desvalido y dependiente como cuando formaba parte del cuerpo materno.

El nacimiento tiene varias fases, incluso en el propio desarrollo biológico. Comienza cuando el bebe sale del útero, después pasa por el alejamiento del pecho materno, el regazo materno, las manos maternas. Toda capacidad nueva, la capacidad de hablar, caminar, comer, significa al mismo tiempo la superación de un estado anterior. El hombre está sujeto a una dicotomía peculiar. Teme perder el estado anterior, que es de certeza, y, sin embargo, quiere alcanzar un nuevo estado donde pueda utilizar sus fuerzas de modo más libre y completo.

El hombre se siente dividido entre el deseo de regresar al útero y el ansia de nacer plenamente. Todo acto de nacimiento requiere la valentía de renunciar a algo, de salir del útero, de abandonar el pecho, de separarse del regazo, de soltar la mano, de perder todas las certezas y apoyarse en una única cosa: la capacidad de ser consciente y reaccionar, es decir, la propia creatividad.

Ser creativo significa considerar la trayectoria vital como un proceso de nacimiento constante, sin concebir ninguna fase de la vida como final.

Lo más común es morir sin haber nacido plenamente . La creatividad significa nacer antes de morir.
La voluntad de nacer, es decir, la voluntad de renunciar a todas las “certezas” y espejismos, requiere valentía y fe: valentía para abandonar las certezas; valentía para ser diferente.

El objetivo de la vida es nacer plenamente, pero la tragedia consiste en que la mayor parte de nosotros muere sin haber nacido verdaderamente”

Vivir es nacer a cada instante.




Los pájaros cantaron
al hacerse de día.
“Empieza de nuevo”,
oí que decían.
No pierdas el tiempo
Pensando en lo que ya pasó
o en lo que aún no ha pasado.

Suenan las campanas que todavía puedan sonar.
Olvida tu ofrenda perfecta.
en toda cosa hay una grieta,
es por ahí donde entra la luz.

LEONARD COHEN