viernes, 13 de noviembre de 2009

Recordando al zurcidor.




Eduardo Darnauchans (15 de noviembre de 1953, Montevideo - 7 de marzo de 2007)


Andarás por algún lado
dándole sentido al aire y a las cosas
justificando la ruta
de los helicópteros y las palomas




«Si me ves llorar no me interrumpas, voy a estar leyendo a Shakespeare»

«Soy una mezcla de católico-jesuita con bolchevique del ‘17, socialista del 4 y zen de acá nomás. Lo que se dice un verdadero monje»







"El día que pasé los 40 años en lo único que pensé era en que le había ganado a Lennon. ‘No puede ser’, me dije. ‘Qué derecho tengo yo a tener más tiempo en este mundo que él.’ Después, a los 42, le había ganado a Presley. Yo siempre conté los años así. Por eso ahora que cumplí 53, pienso en llegar a los 55, que fue la edad que tenía mi padre cuando falleció.” Así bromeaba con respecto al tiempo y la edad Eduardo Darnauchans a fines del año pasado, sentado en el living de su casa en Montevideo, frente a un grabador encendido y flanqueado por un atado de cigarrillos y un encendedor que compartía con su mujer, Patricia.
Darnauchans murio a los pocos meses de realizada esta entrevista ,sin poder llegar a la edad de su padre cuando falleció.
En un día como hoy Darnauchans estaria cumpliendo 56 años


"recuérdame... la espina no, la flor la flor, si es que hubo flor."





miércoles, 11 de noviembre de 2009

Distraido





-Es distraído- dijo la maestra-
no aprenderá a leer, se lo aseguro.

El tiempo confirmó el vaticinio.
Soy distraído, me distrae
el mínimo
movimiento de luz entre las plantas,
las caricias y los besos públicos,
las raíces que veo y las que escucho
crecer pacientemente, los sabores
de una palabra que da vueltas en la boca.

No sé leer, yo leo
lo que no dicen los discursos,
lo que ocultan
en su asombroso hormiguero de adjetivos,
en su andamiaje falso,
en su torrente sin agua, en su veneno.


No sé leer de otra manera el mundo.


Orlando Van Bredam (Argentina, Entre Ríos, 1952)

lunes, 9 de noviembre de 2009

Una reputación

La cortesía no es mi fuerte. En los autobuses suelo disimular esta carencia con la lectura o el abatimiento. Pero hoy me levanté de mi asiento automáticamente, ante una mujer que estaba de pie, con un vago aspecto de ángel anunciador.

La dama beneficiada por ese rasgo involuntario lo agradeció con palabras tan efusivas, que atrajeron la atención de dos o tres pasajeros. Poco después se desocupó el asiento inmediato, y al ofrecérmelo con leve y significativo ademán, el ángel tuvo un hermoso gesto de alivio. Me senté allí con la esperanza de que viajaríamos sin desazón alguna.


Pero ese día me estaba destinado, misteriosamente. Subió al autobús otra mujer, sin alas aparentes. Una buena ocasión se presentaba para poner las cosas en su sitio; pero no fue aprovechada por mí. Naturalmente, yo podía permanecer sentado, destruyendo así el germen de una falsa reputación. Sin embargo, débil y sintiéndome ya comprometido con mi compañera, me apresuré a levantarme, ofreciendo con reverencia el asiento a la recién llegada. Tal parece que nadie le había hecho en toda su vida un homenaje parecido: llevó las cosas al extremo con sus turbadas palabras de reconocimiento.


Esta vez no fueron ya dos ni tres las personas que aprobaron sonrientes mi cortesía. Por lo menos la mitad del pasaje puso los ojos en mí, como diciendo: "He aquí un caballero". Tuve la idea de abandonar el vehículo, pero la deseché inmediatamente, sometiéndome con honradez a la situación, alimentando la esperanza de que las cosas se detuvieran allí.

Dos calles adelante bajó un pasajero. Desde el otro extremo del autobús, una señora me designó para ocupar el asiento vacío. Lo hizo sólo con una mirada, pero tan imperiosa, que detuvo el ademán de un individuo que se me adelantaba; y tan suave, que yo atravesé el camino con paso vacilante para ocupar en aquel asiento un sitio de honor. Algunos viajeros masculinos que iban de pie sonrieron con desprecio. Yo adiviné su envidia, sus celos, su resentimiento, y me sentí un poco angustiado. Las señoras, en cambio, parecían protegerme con su efusiva aprobación silenciosa.

Una nueva prueba, mucho más importante que las anteriores, me aguardaba en la esquina siguiente: subió al camión una señora con dos niños pequeños. Un angelito en brazos y otro que apenas caminaba. Obedeciendo la orden unánime, me levanté inmediatamente y fui al encuentro de aquel grupo conmovedor. La señora venía complicada con dos o tres paquetes; tuvo que correr media cuadra por lo menos, y no lograba abrir su gran bolso de mano. La ayudé eficazmente en todo lo posible; la desembaracé de nenes y envoltorios, gestioné con el chofer la exención de pago para los niños, y la señora quedó instalada finalmente en mi asiento, que la custodia femenina había conservado libre de intrusos. Guardé la manita del niño mayor entre las mías.

Mis compromisos para con el pasaje habían aumentado de manera decisiva. Todos esperaban de mí cualquier cosa. Yo personificaba en aquellos momentos los ideales femeninos de caballerosidad y de protección a los débiles. La responsabilidad oprimía mi cuerpo como una coraza agobiante, y yo echaba de menos una buena tizona en el costado. Porque no dejaban de ocurrírseme cosas graves. Por ejemplo, si un pasajero se propasaba con alguna dama, cosa nada rara en los autobuses, yo debía amonestar al agresor y aun entrar en combate con él. En todo caso, las señoras parecían completamente seguras de mis reacciones de Bayardo. Me sentí al borde del drama.

En esto llegamos a la esquina en que debía bajarme. Divisé mi casa como una tierra prometida. Pero no descendí incapaz de moverme, la arrancada del autobús me dio una idea de lo que debe ser una aventura trasatlántica. Pude recobrarme rápidamente; yo no podía desertar así como así, defraudando a las que en mí habían depositado su seguridad, confiándome un puesto de mando. Además, debo confesar que me sentí cohibido ante la idea de que mi descenso pusiera en libertad impulsos hasta entonces contenidos. Si por un lado yo tenía asegurada la mayoría femenina, no estaba muy tranquilo acerca de mi reputación entre los hombres. Al bajarme, bien podría estallar a mis espaldas la ovación o la rechifla. Y no quise correr tal riesgo. ¿Y si aprovechando mi ausencia un resentido daba rienda suelta a su bajeza? Decidí quedarme y bajar el último, en la terminal, hasta que todos estuvieran a salvo.

Las señoras fueron bajando una a una en sus esquinas respectivas, con toda felicidad. El chofer ¡santo Dios! acercaba el vehículo junto a la acera, lo detenía completamente y esperaba a que las damas pusieran sus dos pies en tierra firme. En el último momento, vi en cada rostro un gesto de simpatía, algo así como el esbozo de una despedida cariñosa. La señora de los niños bajó finalmente, auxiliada por mí, no sin regalarme un par de besos infantiles que todavía gravitan en mi corazón, como un remordimiento.

Descendí en una esquina desolada, casi montaraz, sin pompa ni ceremonia. En mi espíritu había grandes reservas de heroísmo sin empleo, mientras el autobús se alejaba vacío de aquella asamblea dispersa y fortuita que consagró mi reputación de caballero.


Juan José Arreola

domingo, 8 de noviembre de 2009

al maestro con cariño




"Me doy cuenta de que si fuera estable, prudente y estático viviría en la muerte. Por consiguiente acepto la confusión, la incertidumbre, el miedo y los altibajos emocionales, porque ése es el precio que estoy dispuesto a pagar por una vida fluida, perpleja y excitante.

"El camino del ser". Carl Rogers



He descubierto que aceptar realmente a otra persona, con sus propios sentimientos, no es en modo alguno tarea fácil, tal como tampoco lo es comprenderla. ¿Puedo permitir a otra persona sentir hostilidad hacia mí? ¿Puedo aceptar su enojo como una parte real y legítima de sí mismo? ¿Puedo aceptarlo cuando encara la vida y sus problemas de manera muy distinta a la mía? ¿Puedo aceptarlo cuando experimenta sentimientos muy positivos hacia mí, me admira y procura imitarme? Todo esto está implícito en la aceptación y no llega fácilmente.


Pienso que es una actitud muy común en nuestra cultura pensar: “Todas las demás personas deben sentir, juzgar y creer tal como yo lo hago”. Nos resulta muy difícil permitir a nuestros padres, hijos o cónyuges sentir de modo diferente al nuestro con respecto a determinados temas o problemas… Cada persona es una isla en sí misma, en un sentido muy real, y sólo puede construir puentes hacia otras islas si efectivamente desea ser él mismo y está dispuesto a permitírselo. … Con esta enseñanza se relaciona estrechamente el siguiente corolario: la evaluación de los demás no es guía para mí.

Aunque los juicios ajenos merezcan ser escuchados y considerados por lo que son, nunca pueden servirme de guía… Sólo existe una persona capaz de saber si lo que hago es honesto, cabal, franco y coherente, o bien si es algo falso, hipócrita e incoherente: esa persona soy yo.


Mi experiencia es mi máxima autoridad. Mi propia experiencia es la piedra de toque de la validez. Nadie tiene tanta autoridad como ella, si siquiera las ideas ajenas ni mis propias ideas… Ni la Biblia, ni los profetas, ni Freud, ni la investigación, ni las revelaciones de Dios o del hombre, nada tiene prioridad sobre mi propia experiencia directa.




Carl Rogers



sábado, 7 de noviembre de 2009

La historia




La historia

Voy a relatar una historia que tal vez sea un mito. Como todos los mitos, existe en distintas versiones. La fuente de la versión que voy a relatar es difícil de identificar, lo cual también es propio de los mitos. No recuerdo si me la contaron o la leí, ni dónde ni cuándo. Lo único que sé con certeza es que la versión llegó a mi conocimiento provista de un título. Este es "El don del rabino".


Se trata de un monasterio que atravesaba graves dificultades.

La orden había sido muy poderosa, pero debido a las persecuciones antimonásticas de los siglos XVII y XVIII y al auge de la cultura secular en el XIX, había perdido sus abadías y a sus miembros, hasta quedar reducida a una casa matriz con cinco monjes: el abad y cuatro hermanos. Sin duda, estaba al borde de la extinción.

En los bosques que rodeaban el monasterio había una choza que el rabino de una ciudad vecina solía utilizar como ermita. Después de tantos años de plegarias y meditaciones, los viejos monjes habían adquirido ciertos poderes psíquicos, de manera que siempre intuían la presencia del rabino en su ermita. “El rabino está en el bosque, el rabino ha vuelto al bosque”, susurraban. En una de esas ocasiones, mientras meditaba angustiado sobre la muerte inminente de su orden, el abad tuvo la idea de visitar la ermita y pedirle al rabino algún consejo, con la remota posibilidad de que permitiera salvar el monasterio.

El rabino recibió al abad con alegría. Pero cuando éste explicó el motivo de su visita, sólo pudo ofrecerle su comprensión.

Conozco el problema -exclamó-. La gente ha perdido su espiritualidad. Lo mismo sucede en la ciudad. Muy pocos vienen a la sinagoga.

El anciano abad y el rabino lloraron juntos. Luego leyeron pasajes de la Torá y conversaron sobre cuestiones profundas.

Finalmente, el abad tuvo que partir. Se abrazaron.

Es maravilloso que nos hayamos conocido después de tantos años - dijo el abad-, pero no he podido cumplir mi cometido inicial.

¿No hay nada que pueda decirme, ningún consejo que pueda darme para salvar mi orden moribunda?

Lamentablemente no -respondió el rabino-. No tengo consejos para darle. Sólo puedo decirle que el Mesías es uno de ustedes.


Cuando el abad llegó al monasterio, los hermanos lo rodearon y preguntaron qué había dicho el rabino.

-No pudo ayudarme. Lloramos juntos y leímos la Torá. Lo único que dijo al despedirme fue una frase extraña. Dijo que el Mesías es uno de nosotros. No comprendí qué quiso decir.

Durante los días, semanas y meses siguientes, los viejos monjes meditaron sobre las palabras del rabino y su posible significado. ¿El Mesías es uno de nosotros? ¿Se refirió, acaso, a uno de los monjes de este monasterio? Si es así, ¿A quién? ¿Tal vez al abad? Sí, si es uno de nosotros, sólo

puede ser el padre abad, que nos ha dirigido durante muchísimos años.

Claro que tal vez se trata del hermano Tomás. Todos sabemos que el hermano Tomás es un verdadero hombre de Dios y una luz de nuestra orden.

¡Desde luego que no se refería al hermano Elredo! El pobrecito está un poco senil. Pero, pensándolo bien, aunque fastidia a todos con su chochez, Elredo casi siempre tiene razón y a veces expresa verdades profundas.

Tal vez el rabino se refería al hermano Elredo. Pero no al hermano Felipe, de ninguna manera. Felipe es tan pasivo, un verdadero don nadie. Sin embargo, tiene el don misterioso de aparecer cuando uno lo necesita, como por arte de magia.

Tal vez Felipe es el Mesías. Evidentemente, el rabino no se refería a mí, que soy una persona común y corriente. Pero ¿Y si hablaba de mí? ¿Si acaso soy el Mesías? Dios mío, que no sea yo. No puedo ser yo Tu enviado, ¿Verdad?


En el curso de estas meditaciones, cada monje empezó a tratar a sus hermanos con respeto extraordinario, ante la remota posibilidad de que fuese el Mesías. Y empezó a tratarse a sí mismo con el mismo respeto, ante la remotísima posibilidad de que lo fuese él.

El monasterio estaba situado en un bosque hermoso, que la gente de la vecindad solía visitar. Hacían picnics bajo los árboles, paseaban por los senderos y algunos incluso se sentaban a meditar en la vieja capilla. Sin ser concientes de ello, empezaron a percibir el aire de gran respeto que parecía rodear a los viejos monjes e irradiarse de ellos hasta impregnar la atmósfera del lugar.

Era algo extraño y atractivo, poderosamente atractivo. Sin saber por qué, empezaron a visitar el monasterio con más frecuencia ya traer consigo a sus amigos para que conocieran ese lugar tan especial. Y los amigos trajeron a otros.

Un día, varios hombres jóvenes de los que solían visitar el monasterio se pusieron a conversar con los ancianos monjes. Pasado un tiempo, uno de ellos quiso ingresar a la orden. Luego otro, y otro más. Así, en pocos años, la orden volvió a florecer y el monasterio, gracias al don del rabino, se convirtió en un vigoroso centro de luz y espiritualidad del país.



viernes, 6 de noviembre de 2009

Inteligencia militar???







Había una vez un niño llamado David N., cuya puntería y habilidad en el manejo de la resortera despertaba tanta envidia y admiración en sus amigos de la vecindad y de la escuela, que veían en él -y así lo comentaban entre ellos cuando sus padres no podían escucharlos- un nuevo David.

Pasó el tiempo .

Cansado del tedioso tiro al blanco que practicaba disparando sus guijarros contra latas vacías o pedazos de botella, David descubrió que era mucho más divertido ejercer contra los pájaros la habilidad con que Dios lo había dotado, de modo que de ahí en adelante la emprendió con todos los que se ponían a su alcance, en especial contra Pardillos, Alondras, Ruiseñores y Jilgueros, cuyos cuerpecitos sangrantes caían suavemente sobre la hierba, con el corazón agitado aún por el susto y la violencia de la pedrada.
David corría jubiloso hacia ellos y los enterraba cristianamente.

Cuando los padres de David se enteraron de esta costumbre de su buen hijo se alarmaron mucho, le dijeron que qué era aquello, y afearon su conducta en términos tan ásperos y convincentes que, con lágrimas en los ojos, él reconoció su culpa, se arrepintió sincero y durante mucho tiempo se aplicó a disparar exclusivamente sobre los otros niños.

Dedicado años después a la milicia, en la Segunda Guerra Mundial David fue ascendido a general y condecorado con las cruces más altas por matar él solo a treinta y seis hombres, y más tarde degradado y fusilado por dejar escapar con vida una Paloma mensajera del enemigo.


FIN.

Augusto Monterroso









domingo, 1 de noviembre de 2009

Esto es asunto serio.

Escuchen atentamente esta canción.






Desde el mismo momento en que nacemos ya vamos camino hacia ella.

Absolutamente todos inexorablemente nos encontraremos con ella.

Por lo tanto no intentemos engañarla, porque será en vano.



A veces me pregunto: ¿Por qué tenerle miedo a la muerte si es lo único que tenemos seguro en esta vida?

Quizás tenga que ver con aquello de que todos los hombres mueren, pero no todos los hombres realmente viven.






Una mirada filosofica sobre el asunto.

Simon Critchley, en “El libro de los filósofos muertos, analiza lo que los grandes pensadores dijeron de la muerte y la forma en que lo hicieron. Al fin, resulta ser una optimista indagación sobre el significado y la viabilidad de la felicidad humana.

Algunos ejemplos:

-Heráclito murió asfixiado en el estiércol

-Empédocles se zambulló en el Etna esperando convertirse así en un dios

-Hegel, pronunció estas últimas palabras refiriéndose a sí mismo, fueron: «sólo un hombre me ha comprendido en la vida, y aun él creo que no me comprendió»

-Jeremy Bentham se hizo disecar, y se halla, a la vista de todos, en el University College de Londres

-Nietzsche sufrió una lenta y estúpida muerte a raíz de haber besado a un caballo en Turín

-Pitágoras prefirió dejarse matar antes que cruzar un campo de judías (legumbres que aborrecía).

-Zenón de Elea falleció mordiendo heroicamente la oreja de un tirano, mientras sus guardaespaldas le cosían a puñaladas

-John Scottus Eriugena fue apuñalado por sus alumnos

-Julien Offray de la Mettrie palmó de un atracón de paté

-Roland Barthes le atropelló la furgoneta de una tintorería

-Gilles Deleuze saltó por la ventana, incapaz de soportar su enfisema.

…así hasta 190 .

La muerte, o la “buena muerte” ha sido una preocupación central de los filósofos, excepto en algunos de ellos como Jean-Paul Sartre que comentó: «¿La muerte? No pienso en ella».

Filosofos , en las últimas:


  • Ultimas palabras de Sócrates dirigiéndose a sus discípulos después de tomar la cicuta.: " Crito, le debo un gallo a Asclepio”


    Arquímedes : " No me toques los círculos".

    Se dirigía a un soldado romano, que lo estaba forzando a reportarse ante el general romano después de la captura de Siracusa, mientras él estaba absorto sentado en el piso resolviendo un problema de geometría. El soldado lo mató.







* " Das ist absurd! Das ist absurd! ". Es absurdo !! Esto es absurdo!! . Fueron las últimas palabras del médico y neurólogo vienes ,creador del psicoanálisis : Sigmun Freud



Bien distintas fueron las palabras del químico y físico francés, Louis Gay-Lussac a propósito de los nuevos descubrimientos cientificos ,ya moribundo exclamo: " Es una pena irse, esto comienza a ponerse divertido "

    • Maria Antonieta :Cuando se aproximaba a la guillotina, condenada a ser decapitada por traición, tropezó accidentalmente con el pie del verdugo maldito y con suma cortesía dijo:"Pardonnez-moi, monsieur".( Discúlpeme señor).
    • " Todo es tan aburrido" dijo en su último suspiro Winston Churchill.


Si la vida es una gran sorpresa., no veo por qué la muerte no podría ser una mayor, reflexiona el escritor ruso Vladimir Nabokov. Hay que admitir que la muerte es increíblemente lista, nos da toda una vida de ventaja y aún así nos acaba ganando.

Todo consejo o sugerencia respecto al morir suena totalmente baladí, porque a decir verdad, aun no hemos conocido a alguien que haya muerto y haya regresado para contarnos como es el asunto.

Saber morir cuesta la vida, asegura el poeta Antonio Porchia .

Por ende nos animamos a agregar humildemente : búscate la vida, que la muerte viene sola.

Porque en definitiva como dice Benedetti :


Después de todo
la muerte es sólo un síntoma
de que hubo vida.






Los pájaros cantaron
al hacerse de día.
“Empieza de nuevo”,
oí que decían.
No pierdas el tiempo
Pensando en lo que ya pasó
o en lo que aún no ha pasado.

Suenan las campanas que todavía puedan sonar.
Olvida tu ofrenda perfecta.
en toda cosa hay una grieta,
es por ahí donde entra la luz.

LEONARD COHEN